PARA EL VUELO PISANDO TIERRA
Se escribe, en realidad se borronea sobre la piel de la imaginación buscando elevarse sobre el suelo que no deseamos abandonar.
Se rompen… jirones de piel en tinta, que retornan como plumas heridas a la mente y el corazón. Y así nos sobrevive la poesía… a nuestras ansias de perfección, a nuestra angustia por ser escuchados y bien entendidos. Así, la poesía nos demuestra que no nos pertence, que se fragua por sí misma en el tiempo que salta dimensiones y sentimientos, que va y viene a su placer y dolor.
Y empezo como un juego de palabras. Recomponiendo canciones ajenas, jugando con sus estrofas. Quizá en secreto me adiestraba. Y nunca sabré si aprendí bien el oficio. Escribí, rompí miles y miles de alas. Otras se perdieron en el misterio del descuido y mudanzas. Algunas reaparecieron como vieos parientes que nos visitan a medio año. Y ya van mas de veinticinco años en este aletear que no despega y sin embargo me ha llevado tan lejos.
Es una travesía larga, donde el amor de la desventura me ha guiado mano sujeta al ala, apretando sus dedos cuando duele un nuevo comienzo, como volviéndonos niños ante los cuentos infantiles. Nuevamente nuevos.
SOBRE PROMETEO DE A PIE
Saludos, queridos amigos y amigas, todos me conocen como Jorge Augusto Calle López. La mayoría de ustedes me llama Pipo, mi nombre de camino entre sus corazones.
Nací en Piura, el 9 de Julio de 1965, en el Hospital Belén; que ya no existe y en su lugar han construido el Centro de reposo y rehabilitación de Piura y Tumbes… ahi viven ahora hermanos mios que aprendieron a ver el mundo desde ángulos y esquinas que ni siquiera el más cuerdo de nosotros podría.
Cuando tenía año y medio, mis padres engendraron y dieron a luz a mi hermanito César Alberto. La mala práctica médica, que viene sucediendo desde entonces, hizo que mi hermano padeciera de un traumatismo cerebral… al mes de haber nacido, César murió. Yo no lo conocí, pero si conocí lo que significa ser hijo único, sin hermanos ni amigos en casa.
Aprendí en la vida a habitar en los corazones de los demás, valiéndome de las sonrisas, los chistes, la alegría, mil ocurrencias, a veces en demasía. Salí por primera vez de mi casa, para jugar al futbol en la calle sin asfaltar de mi barrio, sólo cuando tuve 13 años. La mayoría de niños del barrio vivían mil aventuras en las calles desde que aprendían a caminar. Yo las imaginaba e intentaba vivirlas con mis primos y vecinos, al resguardo de las paredes de sus casas o la mia.
Así salí a conquistar el mundo, con las alas nuevas y por estrenar, pero en un tiempo de caminata. Mi corazón se atrevió a volar alto, alto, alto, a soñar. Mis pies aprendieron a caminar en familia, en grupo de amigos, en compañía de mujer, arraigados a la gente. Y cuando nació mi hijo, mis alas y mis pies se hicieron una sola orquesta y volaron en la curiosidad sus primeros pasos.
Me he casado dos veces, he sido padre una sola. He sido hijo único y mejor amigo. He vivido en muchísimas partes, como el nowhere man, de los Beatles. Sin embargo, siempre he entregado el corazón, con alas y pies. Por entero. No obstante, soy un prometeo de a pie, siempre volando mas allá de mí, y con los pies sudorosos de seguirme a mí mismo, sólo Dios sabrá dónde.
Acompáñenme.
Jorge, Pipo, Calle